Dos años después, las selvas del condado de Kilifi vuelven a constituir escenario de una masacre: Fieles de una secta religiosa cristiana ayunan hasta morir con la promesa de encontrarse con Jesucristo en la otra vida.
Por: Joal Ondo
El silencio del bosque de Shakahola, en el condado costero de Kilifi, vuelve a romperse con el sonido de las palas cavando la tierra húmeda. Bajo las raíces enredadas yacen nuevas víctimas de una tragedia que Kenia ya había jurado no repetir (Masacre de Shakahila, 2023). En la última semana, los detectives han recuperado 32 cuerpos en un paraje marcado para siempre por la sombra del fanatismo religioso.
El hallazgo no es un hecho aislado. Hace apenas dos años, este mismo bosque fue escenario de una de las mayores masacres vinculadas a una secta cristiana en África: más de 430 cadáveres exhumados, la mayoría de personas que obedecieron a un “pastor” que les instaba a ayunar hasta morir con la promesa de encontrarse con Jesucristo en una vida nueva. Entonces, el país entero se estremeció ante la magnitud del horror.
Hoy, la historia se repite. Las autoridades sospechan que más de 60 personas habrían fallecido recientemente tras unirse a la misma organización religiosa denominada "Iglesia Internacional La Buena Nueva". Los cuerpos encontrados, algunos enterrados hace menos de un mes, confirman que el fenómeno sigue activo, pese a las advertencias, las detenciones y el escándalo internacional.
En el centro de la polémica aparece de nuevo el nombre de Paul Nthenge Mackenzie, ex taxista convertido en líder espiritual. En 2023, Mackenzie se entregó voluntariamente a las autoridades cuando el caso salió a la luz, con la muerte de centenares de sus fieles. El presidente William Ruto no dudó en describirlo como un “terrible criminal”, mientras el Gobierno anunciaba que el bosque de Shakahola sería transformado en un memorial nacional.
Pero las promesas oficiales se estrellan contra la realidad. El portavoz de la Policía Nacional, Michael Muchiri, reconoció esta semana que las lagunas en inteligencia y coordinación entre agencias de seguridad facilitaron que el drama volviera a ocurrir. “A pesar de las lecciones aprendidas de lo ocurrido en Shakahola en 2023, una situación similar se ha repetido una vez más. Es un hecho lamentable”, declaró ante los medios.
El ministro del Interior, Kithure Kindiki, había calificado la primera masacre como “la peor brecha de seguridad en la historia del país”. Ahora, con nuevas fosas abiertas en el mismo bosque, la confianza ciudadana en las instituciones se tambalea. Las autoridades piden paciencia, prometen medidas correctivas y aseguran que no habrá impunidad, pero en Kilifi las familias entierran una vez más a sus muertos.
Entre los árboles de Shakahola, el suelo se ha convertido en un macabro archivo de las consecuencias del fanatismo religioso y de la fragilidad del Estado frente a él. La fe, manipulada por un líder autoproclamado pastor, ha vuelto a cobrar vidas, dejando a Kenia ante la amarga evidencia de que las heridas del pasado siguen abiertas y sangrando.
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