Un sobreviviente de las explosiones del 7 de marzo (7M) en Bata ha compartido su testimonio sobre cómo vivió aquellos momentos de pánico e incertidumbre que marcaron para siempre a miles de familias ecuatoguineanas.
Por: José Alfonso Ondo Ondo Mayíe
La mañana del 7 de marzo comenzó como un domingo cualquiera. Según relata Reginaldo Akogo Nsue —cabo primero de las fuerzas especiales de Guinea Ecuatorial— uno de los sobrevivientes de la tragedia, el ambiente era tranquilo, como suele ocurrir en una jornada dominical en la que muchos fieles se preparaban para asistir a las santas misas.
“El sol estaba radiante y todo parecía un día normal”, recuerda. Aquella mañana incluso esperaba la visita de algunos tíos por parte de su madre. “Alrededor de las 13:00 horas ya me estaban llamando para saber por qué entrada del cuartel debían dejarles los taxis, si por la primera o por la segunda”.
Pero la calma se rompió de manera abrupta. Un fuerte estruendo sacudió la zona sin que nadie pudiera identificar de inmediato su origen. “De repente escuchamos un ruido muy fuerte. No sabíamos de dónde venía. Muchas casas quedaron destechadas, incluida la mía y algunas paredes cayeron”, explica.
El silencio inicial dio paso rápidamente al caos. Los gritos y el llanto de los vecinos empezaron a llenar el ambiente, señal inequívoca de que algo grave estaba ocurriendo.
“Los gritos de la gente nos hicieron entender que algo no estaba bien, que la situación ya no era la misma”, afirma.
Cuenta que en el momento de las explosiones estaba en su casa, en aquel cuartel militar de Nkuantoma, lugar considera como “punto cero” de la tragedia que se saldó con más de 100 vidas humanas y alrededor de 600 heridos, según datos oficiales. En casa estaba con su hijo menor, su novia y un primo suyo. El cabo primero recuerda con tristeza a sus compañeros y vecinos con los que compartía la rutina, fallecidos aquel domingo, 7 de marzo de 2021.
La casa donde residía Reginaldo Akogo Nsue no se vio tan afectada por las explosiones como las de sus compañeros que no corrieron la misma suerte. Pero una parte del techo, la del salón, se derrumbó.
Como militar, asegura que su primera reacción fue salir al exterior para reunirse con sus compañeros y recoger su armamento, pensando en la posibilidad de un ataque. “Nuestra idea era que podría tratarse de un ataque, por eso tuvimos que organizarnos rápidamente”.
Tras recibir el arma, su prioridad fue proteger a su familia. Regresó a casa y ayudó a que sus seres queridos salieran hacia la carretera para ponerse a salvo.
“En medio de todo aquello solo puedo decir que fue un gran milagro. Dios es bondadoso y en Él debe apoyarse todo cristiano”, concluye el sobreviviente, recordando uno de los episodios más trágicos de la historia reciente del país.
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