Muchos jóvenes sueñan —algún día— con ocupar un cargo público o político. Y cuando ese momento llegue, la verdadera pregunta no será solo qué puesto se ocupa, sino cómo se ejerce ese poder y con qué principios se toma cada decisión.
En una sociedad que aspira al desarrollo, el acceso a las oportunidades laborales y a las responsabilidades institucionales debería estar guiado por la preparación, la capacidad y el mérito. Aquellos que se han formado en una disciplina concreta deberían tener la posibilidad real de ejercer en aquello para lo que se han preparado, aportando así valor al país y a su propio crecimiento profesional.
Sin embargo, en la práctica, persiste una realidad que genera frustración en muchos sectores: el llamado “enchufismo”. Una práctica que consiste en otorgar puestos de responsabilidad o empleo no necesariamente a los más capacitados, sino a personas cercanas por vínculos familiares, personales o políticos. Esta dinámica debilita la confianza en las instituciones y frena el aprovechamiento del talento disponible en la sociedad.
El problema no es solo ético, sino también estructural. Cuando el criterio de selección no se basa en la competencia, las instituciones pierden eficacia y los servicios públicos se resienten. Se crean espacios de trabajo donde la preparación deja de ser una prioridad y donde la responsabilidad recae, en ocasiones, sobre personas sin la formación adecuada para las funciones que desempeñan.
Esto no solo limita las oportunidades de quienes sí se han preparado, sino que también afecta directamente al desarrollo colectivo. Un país no puede avanzar plenamente si no coloca a las personas adecuadas en los lugares adecuados.
Por ello, la aspiración de una sociedad más justa debería orientarse hacia la construcción de un sistema donde el mérito tenga más peso que las relaciones personales. Donde el acceso a un empleo o a un cargo no dependa de a quién se conoce, sino de lo que se sabe hacer.
Quienes algún día asuman responsabilidades públicas tienen la oportunidad y también la obligación moral de cambiar esta dinámica. No se trata de excluir a nadie, sino de garantizar igualdad de condiciones y oportunidades reales para todos. De abrir las puertas a quienes se han formado, han trabajado y están preparados para aportar.
Porque el verdadero liderazgo no se mide por a quién se favorece, sino por la capacidad de construir instituciones justas, eficaces y creíbles. Y eso solo es posible cuando el talento, el esfuerzo y la preparación dejan de ser secundarios y pasan a ocupar el lugar que merecen.
Autor: Ezequiel Ntugu Esono, Periodista
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