La mayoría de nosotros camina con traumas no resueltos: heridas de la infancia, abusos silenciados, pérdidas no procesadas, frustraciones acumuladas, sueños rotos. Y en lugar de ir a terapia, buscamos refugio en el alcohol, en la religión mal entendida, en el chisme, en el desprecio ajeno. ¿Y saben por qué? Porque ir al psicólogo todavía se ve como algo para “locos”, cuando en realidad, es un acto de valentía.
Por: Ezequiel Ntugu Esono
Hay cosas que no se dicen por respeto, por miedo o por pura costumbre. Hay verdades que duelen más que una bofetada dada con rabia, y otras que preferimos enterrar porque abrir la boca sería firmar una condena social. Pero si algo merece ser dicho en la voz alta y clara es esto: cada guineoecuatoriano necesita un psicólogo. No porque estemos locos, al menos no todos, sino porque estamos rotos, confundidos, presionados, fragmentados. Y eso, mi gente, no se arregla con unas cervezas ni consejos improvisados en el banco del bar de la esquina.
¿Realmente todos tenemos problemas mentales?
La respuesta corta es sí. La respuesta larga duele más... Nos hemos criado en una cultura donde hablar de emociones es de débiles, donde un hombre que llora pierde su dignidad, donde una mujer que se expresa con libertad es etiquetada con rapidez, y donde los niños no tienen tiempo de ser niños porque la calle los madura a palos. No es que estemos simplemente "estresados" o "agobiados"; lo nuestro es más profundo, más estructural. Es una herida colectiva que sangra en silencio y que hemos maquillado con risas falsas, arrogancia disfrazada de autoestima y una obsesiva necesidad de validación social.
Es curioso cómo en este país todos parecen tener una opinión, todos creen tener la verdad, todos quieren corregirte y darte lecciones… incluso cuando sus propias vidas son un manual de contradicciones. Lo paradójico es que nadie escucha, todos hablan. Y no por sabiduría, sino por costumbre. Como si hablar mucho fuera sinónimo de estar en lo cierto.
Uno de los grandes males que nos azota es esa obsesiva necesidad de opinar sobre todo. No importa si se trata de política, religión, crianza, salud, fútbol o relaciones amorosas: siempre hay un experto improvisado dispuesto a soltarte su “sabiduría” con una seguridad que roza el delirio.
El guineoecuatoriano no quiere entenderte, quiere corregirte. Realmente ahí está el problema, somos conocedores en todo y expertos en nada.
No se trata de que seamos malos, ignorantes o arrogantes por naturaleza, no. Lo que ocurre es que nos han educado en un sistema donde pensar diferente es sospechoso, donde ser vulnerable es sinónimo de debilidad y donde la crítica es personal, no constructiva. En este ecosistema emocionalmente hostil, todos aprendimos a ponernos máscaras para sobrevivir.
Y, claro, cuando vives toda la vida con una máscara, terminas creyendo que esa es tu cara real, todos vivimos de personajes.
Porque sentarse frente a alguien y desnudar el alma duele más que ir al hospital con fiebre. Porque reconocerse roto requiere más coraje que caminar con la cabeza alta mientras por dentro te desmoronas. Porque sanar da miedo. Pero más miedo debería darnos seguir repitiendo los mismos patrones que nos tienen emocionalmente estancados.
¿Alguna vez has intentado explicar tu punto de vista en una reunión familiar, en una boda, en una simple tertulia de barrio? No importa cuán lógica, bien estructurada o pacífica sea tu intervención: siempre habrá alguien listo para rebatirte con la frase mágica: “tú no sabes nada”. Y si insistes, cuidado, puedes pasar de ser un interlocutor a un enemigo. Porque aquí disentir es traicionar, cuestionar es ofender, y pensar distinto es un acto revolucionario.
Este artículo no es una burla, ni un desprecio hacia mis compatriotas. No es un dedo acusador ni un sermón moral. Es un retrato dolorosamente sincero de nuestro espectro social. Porque aunque muchos no buscamos la validación de los demás, cada vez que hacemos algo digno de aplauso, ahí está el luneta menguante: ese personaje gris que, sin saber ni entender, se siente con derecho a opinar, corregir y menospreciar tu trabajo.
Vivimos rodeados de esas figuras, que lejos de construir, destruyen con palabras huecas. Y aun así, seguimos en pie. Pero, ¿a qué costo?
¿Y si por una vez, cada guineoecuatoriano se sentara a hablar con alguien que no lo juzgue, que no lo interrumpa, que no lo corrija, que simplemente lo escuche? ¿Y si ese alguien fuera un psicólogo?
Tal vez entonces dejaríamos de cargar con culpas que no nos pertenecen, con miedos heredados, con traumas disfrazados de carácter. Tal vez entonces aprenderíamos a hablar sin gritar, a disentir sin pelear, a convivir sin destruirnos emocionalmente.
Sí, como dijo alguien alguna vez: si el mundo fuera culo, seríamos el culo del mundo. Pero hasta el culo tiene nervios, sensibilidad, y merece respeto. Y nosotros, como pueblo, también merecemos sanarnos. No para gustarles a los demás, no para encajar en moldes ajenos, sino para vivir con un poco más de paz interna.
Sigue Nuestro canal Guinea 24 en WhatsApp.
