Cultura

Un mal destino: La adolescencia marcada por la pobreza

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Autora: Juanita Obono Abekara 

“Ya tienes 15 años, eres una señorita, ¿no ves a la hija de la vecina? Tiene la misma edad que tú y nadie costea sus gastos mientras ella ayuda en su casa. Yo sigo pagándote las compresas, pero se acabó, a partir de hoy, mi responsabilidad contigo  acabó. Ya eres una mujer”. Son solo algunas frases que gran parte de las madres ecuatoguineanas les dicen a sus hijas, familias con bajos recursos.

La ausencia de un padre

Me llamo Anastasia Mangue, tengo 25 años y esta es mi historia.

El hombre que donó el semen abandonó a mi madre cuando yo tenía tres años. No me acuerdo de él, no tengo recuerdos de él, aunque he de reconocer que le pienso a veces; sobre todo cuando veo a otras chicas, colegas mías comentando sobre sus padres y lo maravillosos que son con ellas.

Soñando con un padre inexistente

Me genera un poco de envidia, rabia y dolor, pero, sobre todo, lástima. Sí, me genera lástima porque me ha hecho falta ese padre que nunca tuve: sus abrazos, sus consejos, los paseos, los viajes y los regalos.

Soñaba con un padre amoroso que estuviera ahí para mí, que me amara, pero todo se quedaba en mis pensamientos.

El rechazo de la madre

Solo existía mamá, mi madre, ¡ay mi madre! No recuerdo haber soplado una vela por mi cumpleaños, a veces tuve que olvidar mi propia existencia, ¿para qué?, si mi mamá no me amaba.

Yo fui la culpable de que mi padre se fuera, lo vi así desde que tengo memoria. Mamá no deja de repetírmelo y, sobre todo, el favor que le debo por haberme criado.

Infancia dura y sin juegos

Soy la mayor de mis hermanos. Mi madre tuvo tres hijos además de mí y cada uno con un padre diferente.

Yo tenía once años. Mientras mis vecinas jugaban, yo solo podía observarlas desde el agujero de mi casa, sin energía porque trabajaba en todo momento. Mamá decía: “somos pobres”.

La primera vez que me llamaron hermosa

Una tarde llegó un hombre a casa. Era amigo de mi madre, nos ayudaba a veces con la comida. Trajo a otro hombre y yo tenía que servirles la comida. El amigo dijo: “bonita niña, ya puede estar bajo la casa de hombre, es muy hermosa”. Fue la primera vez que oí esa palabra y me gustó.

La comparación con la hija de la vecina

Cuando cumplí quince años nos mudamos de barrio, a Lampert. Allí conocí a Nancy, una chica de mi edad que ya tenía novio. Llevaba comida y dinero a su madre, y la madre no paraba de restregárselo a la mía.

Entonces mamá, cargada de rabia, me pidió dinero para compresas y me recordó:

— ¿Ya eres señorita, no ves a la hija de la vecina?

El inicio del mal destino

Una semana después, mamá me echó de casa para ir a buscar dinero. Sin nada que vender, pedí ayuda a Nancy. Ella sonrió y me llevó a la llamada “casa encantada”, a medianoche.

Era un lugar lleno de hombres adultos y chicas jóvenes, casi todas de mi edad. Allí, un hombre me pidió “una hora”. Quise irme, pero recordé las palabras de mamá y acepté. Era virgen.

La vida de prostitución

Fue ese el comienzo de mi mal destino. Por fin mamá me sonrió sin cuestionar de dónde venía el dinero.

Comencé con salidas nocturnas con Nancy y sus amigas. A veces iba sola. Con los años me acosté con muchos hombres, algunos sin preservativo.

La enfermedad y el final cercano

La vida de mi madre mejoró, pero yo ya no era yo. Comencé a enfermar a los veintiún años.

Hoy tengo veinticinco, postrada en una cama, a punto de dejar este mundo. Recuerdo los sueños que nunca cumplí.

Últimas palabras

¿Mi madre me llevó a la tumba o me fui yo?

Miro a mi madre y solo puedo decirle:

“Perdóname, mamá”.

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