Recuerdo a mi vecina, una anciana aparentemente dulce y amable, a quien los niños del barrio evitaban por temor a que "les echara mal de ojo". Un día, uno de esos niños se cayó y se raspó la rodilla. La anciana, ignorando el miedo, lo ayudó a limpiarse la herida y le regaló una sonrisa. Ese día, el niño descubrió que el verdadero peligro no residía en la edad, sino en el prejuicio.
Por Úrsula Inés Nkama Obiang Mayé
En nuestra sociedad, a muchos padres les inquieta la idea de dejar a sus hijos pequeños solos, aunque sea por un instante, con ancianos ajenos a su entorno familiar. La preocupación no se limita a la capacidad del anciano para brindar el cuidado adecuado, sino al miedo hacia posibles influencias negativas, alimentado por creencias en prácticas inusuales como la brujería. Incluso, algunos padres temen que estos ancianos puedan dar alimentos no deseados a sus hijos. Pero esa situación plantea varias interrogantes. ¿Es la brujería un fenómeno exclusivo de la tercera edad?
¿Son los ancianos sinónimo de brujería, obviando que también hay jóvenes involucrados en estas prácticas?.
Y es más, ¿no existen ancianos que desconocen por completo el mundo de la brujería, y que, por el contrario, representarían una compañía inofensiva para los niños?
Es fundamental tener presente que la ciencia oculta, sea practicada por jóvenes o ancianos, es una realidad compleja y multifacética que no debe generalizarse ni infamar a un grupo en particular. Asimismo, es importante reconocer que la gran mayoría de los ancianos son personas bondadosas y responsables, con buenas intenciones, capaces de brindar una compañía segura a los niños.
Pero hasta hoy en día ese miedo persiste y surge la pregunta: ¿Es sensato exponer a los niños a estas posibles influencias?. La respuesta a esa pregunta requiere un análisis profundo porque cada persona es un mundo y cada situación es única.
Antes de dejarse llevar por el temor y los prejuicios, lo primordial es evaluar cada situación de manera individual, conociendo a fondo a la persona con la que se considera dejar a un niño y confiando en el instinto paternal o maternal.
La decisión de dejar a un niño solo, aunque sea por un rato, con un anciano o cualquier persona desconocida es una elección personal que debe basarse en la confianza, la seguridad y el bienestar de este niño.
"Mi abuelita tiene muchas arrugas y siempre me cuenta cuentos. A veces, mis amigos dicen que los abuelitos son malos, pero mi abuelita es la mejor. Me da caramelos y me abraza fuerte. No creo que sea una bruja, ¡es mi abuelita!" —Sofía, 6 años.
María, madre de un niño de cuatro años también comenta lo siguiente:
"Al principio tenía mis reservas sobre dejar a mi hijo un momento con la vecina anciana, pero ella resultó ser una persona maravillosa. Mi hijo la adora".
"Me encanta compartir tiempo con los niños. Creo que los ancianos tenemos mucho que aportar, más allá de cualquier prejuicio, Pero a veces noto que mis vecinos no quieren que pase mucho tiempo con sus hijos hasta si les doy algo no quieren que lo cojan no sé porqué si yo mismo tengo nietos".
Dice Antonio, abuelo de dos nietos.
"Un día, vi que mis vecinos estaban muy ocupados y les ofrecí quedarme un rato con su hija. Aunque al principio no quisieron aceptar pero yo insistí y fue una experiencia muy agradable", comparte Juan, un anciano que cuida ocasionalmente a la hija de sus vecinos.
Aunque también es importante reconocer que el miedo que tienen algunos padres, desde otra perspectiva puede tener un fundamento real, por lo tanto es importante recordar que lo más importante es no dejar a los niños con cualquier persona independiente de la edad.
El temor a dejarlos solos con ancianos desconocidos es un tema complejo que requiere un análisis individual y sin ideas preconcebidas. Es importante ser cauteloso y priorizar la seguridad de los pequeños, no se debe generalizar ni señalar a un grupo de edad en particular. La confianza y el conocimiento mutuo son fundamentales para tomar una decisión.
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